No vas a tener casa en la puta vida
Han pasado ya quince años desde aquel 15 de mayo de 2011 en el que las plazas de toda España —y de gran parte del mundo— se llenaron de una indignación que parecía capaz de cambiarlo todo.
Una de las consignas más repetidas, más crudas y con mayor impacto de aquellas acampadas vaticinaba: “no vas a tener casa en la puta vida”.

La lucha colectiva que se articulaba alrededor del problema de la vivienda, al estallido de la burbuja inmobiliaria de las hipotecas subprime, de la precariedad laboral que arrastró consigo la crisis del ladrillo y de toda una generación que no ha conocido otra cosa laboralmente hablando que trabajos mal pagados para los que les sobra cualificación, se articulaba entorno a unos derechos secuestrados que la “generación sin futuro” rechazaban abiertamente: “sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo”.
Han pasado 15 años de aquel 15-M y la generación que no lo vivió directamente porque o bien aún no habían nacido, o bien eran demasiado jóvenes para estar políticamente movilizados, no tiene idealizada aquella explosión de lucha colectiva. Y eso tiene un impacto directo sobre su socialización política, al mismo tiempo que el contexto social se les presenta aún más complicado que el que vaticinábamos dos décadas antes.
Si en 2011 decíamos “no vas a tener casa en la puta vida”, 15 años después saben que tampoco van a tener dinero suficiente para alquilarla. Si en 2011 los enemigos declarados eran políticos y banqueros, hoy son rentistas y fondos buitre. Sus perspectivas de futuro han cambiado, pero a peor. Y lo saben, son perfectamente conscientes de esto.
El pacto social en el que la generación millenial, quienes alcanzamos la mayoría de edad alrededor del cambio de milenio, descansaba sobre la idea de la educación superior como ascensor social. Estudiar una carrera, quizá un máster, encontrar un buen trabajo, una pareja, una vivienda en la que hipotecarse con esfuerzo, construir una familia. La carrera, el trabajo, la casa, los hijos, el perro. Quizá incluso la plaza de garaje si te van las cosas bien en la vida.
Lejos de mejorar, las condiciones materiales y las expectativas de la juventud han empeorado drásticamente. Lo que en 2011 era una advertencia activista, hoy es una realidad asimilada: la vivienda en propiedad es un sueño inalcanzable y la aspiración máxima es un alquiler compartido con media docena de desconocidos en un barrio degradado que las administraciones públicas han dejado a su suerte, en la primera etapa de un proceso de gentrificación acelerado.
El declive de las luchas colectivas
En este contexto, la indignación ha cambiado de bando. Las luchas colectivas no han sabido dar respuestas a la incertidumbre sobre el futuro de la juventud, y la siguiente generación ha articulado su posicionamiento político en un individualismo salvaje. La lucha sindical está apagada, la socialdemocracia es para boomers y la Generación Z ha crecido presenciando el desgaste de los millennials.
Vieron a una generación anterior partirse la cara en luchas colectivas para acabar obteniendo prácticamente nada. Esta observación ha provocado una ruptura del contrato social heredado: la idea de que estudiar, conseguir un trabajo estable y formar una familia era un camino seguro para la estabilidad se ha desmoronado por completo y ya no tiene sentido para ellos, mucho menos para ellas.
Ante la ineficacia percibida de los sindicatos —cuyas cifras de afiliación están en mínimos históricos— y de la sociedad civil organizada, los jóvenes han buscado alternativas fuera de lo colectivo. La respuesta ha sido un repliegue hacia lo individual y una búsqueda de seguridad en modelos de éxito que prometen una falsa expectativa de control en un mundo incierto.
La estafa piramidal de la hipermasculinidad
En este vacío de expectativas, ha emergido con fuerza un modelo de hipermasculinidad agresiva y violenta que se expande a la velocidad de una plaga a través de plataformas como TikTok o Instagram.
Este modelo ofrece a los jóvenes una guía de comportamiento clara: levantarse a las 5 de la mañana, disciplina física extrema (hacer burpees y controlar los macros), el culto al cuerpo en el gimnasio. El objetivo final ya no es una casa, un coche y una familia, sino la ostentación y el lujo: la mansión con piscina, el yate, una pareja con skin de supermodelo, y uno o varios «Lambos» en el garaje.
Este contenido no es solo una fantasía aspiracional; funciona, en muchos casos, como una estafa piramidal. Se venden cursos de coaching y mentorías unos a otros sobre cómo crear una «marca personal» y vender esos mismos cursos a otros jóvenes igual de perdidos, creando un bucle de explotación de la propia precariedad. Se les promete que pueden ser el «hombre proveedor» que mantiene a una “mujer de alto valor”, recuperando así roles de género que ya se antojaban obsoletos desde hacía varias décadas.
Cuando sociólogos Michael Kimmel en su estupendo retrato del trumpismo explica en Hombres (Blancos) Cabreados que existe una humillación con una profunda marca de género, se está refiriendo precisamente a esa fantasía aspiracional: a ser los hombres que cuidan de su hogar, a que sus mujeres no tengan que verse obligadas a trabajar para sostener económicamente a la familia. Muchos hombres jóvenes aseguran desear cuidar de sus familias de forma heroica y solitaria, como una forma de restaurar una autoridad que sienten perdida. Es una fantasía de poder, de recuperación de estatus de cabeza de familia y jefe de su hogar. Porque a un jefe no se le discute, con un jefe no se negocia el reparto de tareas al 50%: a un jefe se le obedece.
Esta frustración masculina conecta con el auge de las tradwives (esposas tradicionales) en redes sociales: mujeres que, ante un mercado laboral que no les ofrece independencia real, que tampoco les permite una emancipación auténtica, que solo tiene reservado para ellas trabajos feminizados peor pagados, brecha de género o incluso acoso sexual, les ofrece como alternativa dejarse cuidar por un hombre proveedor, reservarse sexualmente, convertirse en una mujer exclusiva de alto valor y delegar su estabilidad económica en un hombre que la mantenga.
Ellas tampoco van a tener casa en la puta vida, pero siempre tienen dos alternativas: ser “creadoras de contenido” en onlyfans, o tradwives.
Y, por si os lo estabais planteando: sí, también venden cursos para que ellos aprendan a ser managers de modelos de onlyfans. Proxenetas digitales podríamos llamarlos sin temor a exagerar ni un poquito su rol.
Feminismo y la «humillación de género»
El feminismo ha sido el factor que ha terminado de romper los esquemas de esta nueva masculinidad reaccionaria. Mientras que las mujeres millennials crecieron bajo el consejo de sus abuelas de ser independientes, construir su propia carrera laboral, tener su propio dinero y no depender nunca de un hombre, los hombres de la Generación Z aspiran a volver a los roles no ya de sus padres sino de sus abuelos.
No es casual que la época idealizada en sus fantasías de poder sea la época de los años 50. No porque el abuelo en los años 50 gozara de una estupenda libertad sexual, sino todo lo contrario: la píldora anticonceptiva no fue comercializada hasta los años 60, permitiendo así a las mujeres occidentales un cierto control sobre la natalidad, desligando el sexo de la procreación.
La virginidad femenina perdió valor social al calor de las reivindicaciones de libertad sexual, mientras que ahora está siendo recuperada por lo más reaccionario del espectro político. La imagen que se proyecta de la tradwife no es la de la esposa tradicional que podría ilustrar la portada de La mística de la feminidad de Betty Friedan: una mujer con delantal fregando los platos en la cocina mientras su familia se relaja en el salón. La imagen de la tradwife que se proyecta en redes sociales está a años luz de ese arquetipo. Se nos vende como una mujer joven, fuerte, con cuerpo de gimnasio, empoderada, en una mansión con piscina y conduciendo su propio Lambo rodeada de lujos (pagados por su “sugar daddy” o su “hombre proveedor”).

Frente a esa imagen, la alternativa estereotipada: la feminista extremista, misándrica, gorda, loca, amargada y con el pelo azul; o bien la mujer empoderada, sola, pasando su edad adulta rodeada de gatos, bebiendo vino y tomando antidepresivos en la soledad de un hogar sin familia porque finalmente se ha dado “contra el muro de la realidad”. Para qué te ha servido labrarte una carrera profesional, si al final has acabado sola. Para qué querías libertad sexual e independencia económica, si lo que te espera en casa es el vacío.
Los discursos reaccionarios apelan a miedos que han sido instrumentalizados para someter a las mujeres, como el temor a la soledad. “Si no haces X, si no pasas por el aro, NINGÚN HOMBRE TE VA A QUERER”. Se ensalzan virtudes como la sumisión, la castidad, la humildad y el aislamiento social (no tener redes sociales, no tener amigas, mucho menos aún tener amigos) bajo la promesa de alcanzar el estatus de «mujer de alto valor».

En este modelo, el valor de la mujer reside fundamentalmente en su cuerpo, en su virginidad, en cómo gestiona el acceso a su cuerpo como herramienta de ascenso social y en su capacidad de sumisión a un hombre como forma de hacerle feliz. Las mujeres son conceptualizadas como un accesorio que confiere estatus. A menor kilometraje, mayor valor. A menor body count (esto es, experiencia sexual en el contexto de las relaciones heterosexuales), mayor estatus.
Creadoras de contenido antifeminista y pickme girls están lanzando a las chicas jóvenes la idea de que cuando lleguen a los 30 años querrán sentar la cabeza, casarse, formar una familia… y para entonces ya será demasiado tarde, ningún hombre bueno querrá acercarse a ellas porque su kilometraje, su body count, será demasiado alto después de una juventud en su prime marcada por la promiscuidad y el rechazo a “hombres buenos”. Vaticinan que esas chicas que ahora se encuentran en la adolescencia o en sus primeros 20, en algo más de una década se darán contra el muro de la realidad, y entonces se darán cuenta de cómo el feminismo las ha estafado. Pero para entonces ya será demasiado tarde. Ningún hombre querrá rescatarlas de su propio fracaso.
El «pendulazo» político: El miedo como motor
La brecha política entre hombres y mujeres se está cerrando. Las filas de la extrema derecha eran alimentadas casi exclusivamente por hombres, y muy especialmente por hombres jóvenes, mientras las mujeres jóvenes se autoidentificaban más cercanas a la izquierda. Sin embargo, en la última década esta distancia se está acortando. Las mujeres jóvenes, particularmente entre 18 y 24 años, están virando hacia posiciones de extrema derecha que tradicionalmente eran feudos hipermasculinizados.

No es casual cuando todos estos mensajes sobre convertirse en “creadora de contenido para onlyfans” o “mujer de alto valor” también impactan en las chicas jóvenes, construyendo para ellas las únicas alternativas posibles si quieren aspirar a un futuro que el mercado laboral les ha vetado. No tendrás casa en la puta vida. El contexto actual es de un miedo profundo: sin casa, sin curro, sin pensión y, a diferencia de 2011, con mucho miedo e incertidumbre.
Conclusión: Nuestra responsabilidad ante el futuro
El resultado de este proceso es evidente: los hombres menores de 35 años son hoy el principal activo de la extrema derecha, con más del 80% de los votantes de VOX en este rango de edad apoyando discursos que niegan la violencia de género o consideran que el feminismo ha ido «demasiado lejos» y ahora son los hombres los verdaderos discriminados. Los roles de género tradicionales están en el core de este partido, de su propuesta política, de su modelo de sociedad.
Como sociedad, no hemos sabido dar solución a las expectativas de futuro de los indignados e indignadas del 15-M, y la generación siguiente está buscando refugio en la hipermasculinidad tóxica y agresiva. Es nuestra responsabilidad no dejar solas a las chicas y darles las herramientas necesarias para que esta ola reaccionaria no destruya su libertad, su independencia y su derecho a una vida libre de violencia.
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