Este artículo es el texto en el que basé el guion de mi charla TEDx de este sábado pasado en Vitoria-Gasteiz. No es exactamente el texto final, pero sí el documento en el que me basé.
Hablar de “incels” está de moda sobre todo desde que Netflix ha estrenado su última serie de éxito, Adolescence. El término «incel» se utiliza de forma peyorativa con bastante ligereza en charlas informales y en artículos con mayor o menor contenido amarillista. Sin embargo, abordar de forma académica el fenómeno “incel” es asomarse al infierno, y que el diablo te devuelva la mirada.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de “incels”?
En los medios de comunicación se suele caracterizar al colectivo “incel” entre la compasión y la burla, entre el miedo y el desprecio. Se cree que son cuatro gatos y se les mira con altanería paternalista, o se les señala como misóginos peligrosos.
Los chavales jóvenes (y hablo en masculino no genérico), en concreto los hombres de entre 18 y 30 años, son los que están más a la derecha de todos los grupos de edad. De hecho, VOX es la primera fuerza política en este grupo demográfico.
¿De dónde viene este auge de la extrema derecha entre los chavales?

A través de las redes sociales cada vez son más los espacios que dan cabida al discurso incel, sin reivindicar la etiqueta. De hecho se ríen del término «extrema derecha». Y como la imagen que nos llega del fenómeno incel a través de los medios de comunicación, muchas veces está más cerca de la caricatura que del análisis, como nos lo presentan como un personaje alejado de cualquier consenso civilizatorio, al margen de la sociedad, los ecos de su discurso nos llegan de formas que muchas veces nos pasan desapercibidos. Y ese sí es precisamente el peligro.
Estos espacios están enseñando a los jóvenes cómo ser un hombre, en qué consiste el éxito social, qué deben esperar y qué pueden exigir de las mujeres.

Hace años (2014), el alcalde de Valladolid dijo que le daba reparo en un ascensor con una mujer por si se levanta la falda y te la lía.

Y el Vicepresidente de Donald Trump en su primer mandato, Mike Pence, dijo en una charla con periodistas en pleno auge del movimiento Me Too, que no volvería a cenar a solas con una mujer que no sea su esposa. Por si se la lía. La otra mujer, no su esposa.

¿Os imagináis cual es el mayor miedo de las mujeres que usan aplicaciones de citas? No hace falta ni que os lo diga, ya os lo imagináis. Bueno, pues el mayor miedo de los hombres, es que su cita esté: gorda.
Tinder hizo un estudio hace un par de años, y llegó a la conclusión de que casi el 60% de sus usuarias (en femenino), se había sentido alguna vez presionada para follar. Y más de un 20% ha sufrido una agresión sexual con violencia. Eso sí es un miedo real.

A principios del año pasado, en 2024, se publicaron los resultados de un estudio del CIS sobre percepciones sobre la igualdad entre hombres y mujeres. Fue muy llamativo porque más de la mitad de los hombres de entre 16 y 24 años piensan que el feminismo ha llegado demasiado lejos, y que ahora son los hombres los realmente discriminados.

Esta afirmación es compartida por más del 80% de los votantes de VOX y por más del 60% de los votantes del Partido Popular, lo que se traduce en más de 12 millones y medio de personas. No es extraño que vosotros hayáis escuchado afirmaciones similares en vuestro entorno, y yo también.

Si nos acogemos a la definición literal del término, “célibes involuntarios”, y por ello la mirada con la que abordamos el fenómeno está cargada de significado: son o bien unos pobres infelices, patanes socialmente incapaces de lograr mantener relaciones sexo-afectivas con mujeres; o bien unos machistas desatados cuyo odio hacia las mujeres imposibilita cualquier tipo de acercamiento. O una mezcla de todo lo anterior. Se cree popularmente que la frustración sexual está, sin lugar a dudas, en el origen de su comportamiento abiertamente misógino, su incapacidad para conseguir sexo con mujeres heterosexuales es lo que motiva su desprecio hacia las mismas, y que no son más que cuatro pobres infelices que se reúnen en foros de internet para lamerse las heridas.
Pero ¿está justificada de algún modo esta visión?
Yo me he infiltrado durante más de un año en varias comunidades incel, y llegué a una conclusión muy diferente. El origen de su odio hacia las mujeres no es el deseo sexual frustrado. Es el miedo.
«El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, y el sufrimiento al lado oscuro»
El colectivo incel forma parte de lo que llamamos la “manosfera”: unos espacios virtuales en los que participan hombres que tienen una cosa en común: piensan que el feminismo ha ido demasiado lejos y ahora son los hombres los realmente discriminados. Y de ahí, de esos espacios, de la reflexión conjunta y de la puesta en común de sus ideas y de sus experiencias, surge un determinado conocimiento que desborda esos espacios, que sale de ahí y permea el resto de la sociedad sin que seamos apenas conscientes de ello.
Se trata de espacios sobre todo online, donde el anonimato posibilita que se reúnan hombres que se consideran “célibes involuntarios”, y donde los discursos misóginos, racistas, homófobos y abiertamente violentos circulan sin ningún tipo de censura. Es por eso por lo que desde la sociología se las considera “comunidades proscritas”, que difícilmente hubieran surgido fuera de la red, sin el amparo del anonimato.
Es en estas comunidades donde comparten sus pensamientos más íntimos con sus iguales, con otros hombres que pueden comprender cómo se sienten. Comparten sus miedos, sus anhelos, sus frustraciones y sus deseos.
Y los anhelos y deseos que expresan están muy lejos de la frustración sexual que define la caricatura: lo que realmente desean no es follar, de hecho, muchos de ellos afirman recurrir a la prostitución sin ningún tipo de cuestionamiento ético; lo que desean es tener una relación estable, casarse, tener hijos y reproducir el modelo de familia tradicional.
Cuando idealizan el modelo de relación de sus abuelos, no es porque hace 60 u 80 años se hincharan a follar: nos remiten a un modelo de sociedad en el que la virginidad femenina era socialmente muy apreciada, una sociedad en la que las parejas se conocían en la adolescencia y duraban toda la vida. Ese es el tipo de relación que desearían, y que observan que en esta sociedad tienen vedado.

El arquetipo del incel, aunque la caricatura que nos venga a la mente se nos antoje otra cosa, no es un patán que desearía follar y no lo consigue: es un patán que desearía una esposa virgen y sumisa, una familia de la que él sea el jefe indiscutible, que le obedezca sin rechistar y le otorgue prestigio social … y no lo consigue. TikTok, los podcasts de youtubers que consumen adolescentes… están plagados de este tipo de discursos que les orientan sobre cómo ser un hombre y qué esperar de las mujeres, les están llegando a los chavales a través de las pantallas de sus móviles sin ningún filtro. Porque muchas veces los adultos de su entorno ni siquiera somos conscientes.

Todo el discurso de las tradwives, de Roro y compañía, es pornografía para incels. Fantasean con una mujer tradicional, que se quede en casa, que no trabaje, que cocine, que no tenga amigas, que no tenga redes sociales, que ponga las necesidades de su hombre en primer lugar y que las atienda sin rechistar. El sexo es un elemento secundario en la fórmula. Lo que les excita es el rol de ser “cabeza de familia”, recuperar el poder, ser el hombre proveedor, triunfador, exitoso. Y si para conseguir una mujer en casa y un Lambo en la puerta hay que levantarse a las 5 de la mañana y hacer 200 burpees, pues se hacen.

El incel se nos antoja un virgen fracasado, pero lo que hay detrás del personaje de ficción es un hombre de convicciones profundamente machistas, que reniega de la emancipación de las mujeres que ya no le necesitan. No necesariamente virgen. Frases meméticas como «gatos y vino serán su destino», o «Whiskas, Satisfyer y Lexatin» nos sitúan frente a la dimensión del fenómeno de las fantasías de venganza incel, que en ocasiones adopta tintes de pornografía mental. ¿A cuántas de las mujeres de la sala os han dicho alguna vez que acabaréis solas, con la única compañía de una botella de vino y un satisfayer?
Los incels fantasean de forma recurrente con un destino marcado por la soledad y la infelicidad en la que ellos se regodean, para todas aquellas mujeres que se han negado a someterse a la jerarquía patriarcal. El futuro que desean para las mujeres, y en especial para las feministas, es el presente para los incels.

Y es que culpan al feminismo de su propio fracaso. El feminismo como movimiento impugnatorio del orden social patriarcal al que ellos aspiran es el responsable de que la sociedad que idealizan ya no exista.
Culpan al feminismo de inducir a las mujeres a malgastar su juventud entre la promiscuidad y la búsqueda de la atención masculina en redes sociales, de liarse siempre con “los malotes” que solo las utilizan, en lugar de enfocarse desde jóvenes (cuando aún están en su “prime”) en buscar a un buen hombre con el que casarse y formar una familia. Y fantasean con que, en unos años, cuando su juventud sea un vago recuerdo, “se darán contra el muro” de la realidad y se arrepentirán de lo que hicieron. Por algo la palabra que más odian es «empoderada».

Un “muro de realidad” que tiene más de fantasía que de realidad, pero que es coherente dentro de su particular visión del mundo.
El hombre proveedor ha desaparecido, los trends de TikTok que hacen referencia a hombres proveedores y mujeres de alto valor son consumidos por adolescentes como fantasía, y representan una vuelta a estos modelos tradicionales, pero intentando darles una apariencia de actualidad.

«Cuando una niña se lleva un disgusto en el amor, tiene a toda una industria vendiéndole maquillaje, pidiéndole que pierda peso y se haga un haul en Shein.
Cuando un niño se lleva un disgusto en el amor, tiene a toda una industria que le dice que las mujeres son basura y hazte nazi.»
Y es que decíamos que la manosfera se construye principalmente online, pero no solo. El problema de estos espacios es que construyen lo que llamamos “conocimiento de género”. Todas esas afirmaciones que habéis leído o escuchado alguna vez. Todo el mundo sabe que hay miles de denuncias falsas todos los días. Todos los funcionarios de justicia lo saben. Todos los policías lo saben. Con ponerte una denuncia por violación o por maltrato ya vas al calabozo directamente. Con solo la palabra de una mujer te puede arruinar la vida. Es algo que se sabe.
Este conocimiento de género se produce en estos espacios, y salta de la manosfera a los chats de whatsapp del gimnasio. De la pachanga del fútbol. Los de las motos. A las conversaciones de café en el trabajo. Es lo que denominamos “polinización”, un proceso de retroalimentación misógina que busca contrarrestar los avances feministas. Que intenta anular la producción legislativa de protección hacia las mujeres. Que promueve volver a un modelo de sociedad en el que los trapos sucios se lavan en casa, en el que si no eliges “al malote” no tendrás peligro de que te maltraten, y en el que a las mujeres vírgenes que están en casa con el marido no las violan.
Salvo por el pequeño detalle de que todo eso sí ocurre. De que en 8 de cada 10 violaciones, la víctima conocía a su violador, y 3 de cada 4 asesinatos de mujeres se cometen en el seno de la familia. Un detalle sin importancia que el colectivo incel decide activamente ignorar.

Porque ellos aspiran a ser cabezas de familia y jefes de su hogar. Y a un jefe no se le lleva la contraria: se acatan sus órdenes y punto. Por lo tanto, en su modelo no cabe maltrato ni violación, porque simplemente no cabe la posibilidad de que su mujer no acceda a cumplir sus demandas.
El peligro radica en considerar que estos grupos son apenas unos pocos frikis marginales de internet, o un grupo ínfimo de hombres con problemas de sociabilidad que se reúnen en foros virtuales sin ningún impacto en la vida “real”.
El dualismo digital es una falacia que a estas alturas deberíamos tener ya más que superada. Resulta ingenuo considerar que el discurso incel no tiene ningún impacto en la vida diaria, en la política y en la sociedad. El peligro de estas comunidades radica en su producción de conocimiento de género, que pasa de los foros de la subcultura incel al “saber popular, y que tiene después relevancia en los procesos de creación de políticas públicas. No es casual que VOX instrumentalice el discurso incel para sus intereses electorales. Y las encuestas de enero de este año estimaba para VOX doce millones y medio de votos, especialmente potente entre los chavales jóvenes de 18 a 25, entre los que es primera fuerza política. Si no estamos atentos a estos discursos, continuarán expandiéndose entre la juventud. No podemos dejar a las chicas de su edad solas y desarmadas frente a este panorama.
Y es que solo podemos concluir esta charla con una cita de la escritora Margaret Atwood: «Los hombres temen que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres temen que los hombres las maten».
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