Lo que podía haber sido una campaña de publicidad gratuita enorme gracias al rage baiting, ha acabado siendo uno de los mayores fracasos del mundo editorial de la ultima década.

Y es que lo problemático no es el tema en sí mismo, que podría haber sido un relato más de true crime como hay cientos. Lo problemático en este caso es el enfoque, de compadreo con uno de los asesinos más infames de nuestra historia criminal reciente.
Y no es una afirmación gratuita: el escándalo social viene precedido de un artículo entre cursi y bochornoso para promocionar el libro, en el que el autor empatiza con el asesino con el que lleva carteándose durante dos años hasta tal punto de enviar a las mujeres de su familia (su madre y a su hermana) a hacerle recados al preso, y posicionarse en un plano de superioridad moral porque él ha sido educado en la ternura. No como nosotras, cínicas insensibles de mierda, que somos incapaces de sentir la más mínima compasión por un pobre y desamparado asesino de niños, solo en la cárcel y encima con los pies fríos.

Y es que la editorial Anagrama ha decidido suspender de forma indefinida la distribución del libro El odio, escrito por Luisgé Martín después de la controversia judicial. Pero una vez más nos vemos ante un caso que no necesariamente tenía que resolverse en los tribunales, si tuviéramos claro que no todo lo que es éticamente condenable, socialmente rechazable, tiene que ser necesariamente punible desde el punto de vista legal.
Por supuesto que la única víctima superviviente, a quien el asesino condenado quiso hacer todo el daño posible, tiene todo el derecho del mundo a solicitar la paralización de la publicación por intromisión ilegítima del derecho al honor, la intimidad y la propia imagen de los menores brutalmente asesinados. Pero es que no tendría que haberse llegado hasta ahí. No tendríamos que haberla puesto en situación de llegar hasta ese punto.
La hiperinflación de ego de un autor que tiene la poca vergüenza de compararse con Truman Capote, la damos por descontada. Especialmente cuando quien presume de compasivo y de haber sido educado en la ternura, te dice sin tapujos que la víctima superviviente, a quien él está contribuyendo a revictimizar, “no es el centro del mundo”, y a quien le resulta “deprimente” ¡que no le entendamos! El centro del mundo es su polla, y los satélites son sus cojones, diga usted que sí, señor Luisgé Martin. Que no te digan que el cielo es el límite cuando hay huellas en la luna.
Después de escribir el hilo de más abajo sobre @luisgemartin, ayer por la noche me contactó por privado. Esta es la conversación que tuvimos. Sacad conclusiones.
Pero alguien en la editorial, alguien en todo el proceso editorial, debería haber levantado la mano para decir «hey, chavales, yo esto no lo veo claro, igual nos estamos metiendo en un jardín«.
Solo hay una forma para que eso suceda, y es que los costes en términos de imagen superen los beneficios económicos gracias al morbo. Y esos costes en términos de imagen solo pueden venir del clamor social. Del boicot. No es ir ni mucho menos contra la libertad de expresión, sino todo lo contrario: utilizar nuestra libertad de expresión en redes sociales para expresar la demanda de responsabilidad social corporativa hacia las víctimas, y no ser el instrumento necesario del victimario para seguir haciéndoles daño.
¿Quieres mantenerte al día de todo lo que publique?
Suscríbete a mi newsletter y te notificaré por correo electrónico de las nuevas entradas
Veo que has leído muchísimo! Eso es genial, me gusta la gente que lee, tanto lo que está a favor o lo que piensa que es correcto, tanto como el «enemigo». Opino que es la única forma de conocerlo de veras!
PD. Te agregué en insta! Face casi no lo uso. Un saludo! Te leo!
Te escribí un tocho y se me ha borrado por una «ñ» en el correo 😫.
Comentaba que me gusta la gente que lee igual al amigo como al «enemigo», es la única forma de tener conocimiento y veraz.
PD. Te agregué a Insta. Te leo!